Gracias de corazón por vuestras muestras de apoyo y por el amor que he recibido de muchos de vosotros. Aunque es un proceso largo hasta la recuperación total, la semana pasada fue un punto de inflexión y las noticias empiezan a ser buenas. (Si no sabes de que hablo puedes leer AQUI mi primer blog sobre este proceso).

Hace unas semanas, mientras escuchaba la conferencia mensual de un curso on-line que hago con mi maestra Sianna Sherman (urbanpriestess.com) me envolvía un gran sentimiento de frustración. Comenzaba la luna de Leo y con ella el arquetipo de la mujer salvaje, con el que siempre me he sentido muy identificada. Una invitación a jugar y a disfrutar del verano en la naturaleza, mientras yo me sentía como un felino enjaulado. También se celebraba la festividad céltica de Lammas, que representa la primera cosecha, la cosecha del grano. El momento de empezar a recoger los frutos sembrados. Contemplando mis planes y proyectos, y mi estado de inmovilidad en ese momento, me sentí muy decepcionada. Como si mi cosecha hubiese sido barrida por un granizo, por un temporal de lluvias huracanadas. Lloré mucho. Las lágrimas me acercan a lo que más me conecta con mi parte salvaje. El mar. Las lágrimas transforman mi frustración en rendición y, desde ese lugar, es más fácil sentir gratitud por todas las cosas que tengo. Decidí conectar con mi mujer salvaje para ir hacia adentro y explorar y jugar y disfrutar de esta situación.

Algunos maestros espirituales dicen que todo lo que nos pasa es una respuesta a nuestras plegarias y deseos más profundos. Así que internamente me preguntaba por qué había deseado que me ocurriera una lesión tan intensa. La primera respuesta era muy obvia. Necesitaba descansar. Tener tiempo sin viajar y descansar profundamente. Pero sabía que había algo más.

Volví hacia atrás en el tiempo para contemplar mi intención original cuando comencé a hacer yoga en 1997. Nunca pensé que iba a ser una práctica tan física. Lo que quería era sentirme bien. Cambiar la sútil pero constante insatisfacción y melancolía que sentía desde niña, por esa paz interior de la que hablaban los yogis. Me encontré pronto con la práctica de Ashtanga. Tres años despues Anusara yoga®. Asana se convirtió en mi principal práctica de yoga. Más tarde también la meditación. Ok. Ahora no hay asana. Si eres un yogi sabes lo que eso significa. No es fácil. Los primeros días no podía ponerme siquiera en ninguna de las posturas reconstituyentes que conozco. Por unas semanas la única postura posible era Supta Badha Konasana, con almohadas debajo de las piernas. Ninguna de las asanas avanzadas que solía practicar me podía ayudar ahora en este momento. Pero si la meditación y los mantras. Busqué en mi diario la lista de intenciones para este año.  Profundizar  la práctica de pranayama, estudiar Yoga Nidra.... Interesante. No podía sinó sonreir. Creé mi sadhana que he ido adaptando semana a semana. Todos los días he hecho mi práctica de yoga. Más horas que nunca.

Otra de mis intenciones era conocer y trabajar con mi sombra en más profundidad. He estado haciendo este tipo de trabajo  durante los últimos años pero tenía la sensación de que necesitaba ir más profundo (si es que no siempre se necesita). Un tema candente para mí es la reactividad. Una de las personas que más hacen aflorar esa reactividad es mi hermana. Mi lesión ocurrió en España, de vacaciones con toda mi familia. Todo este tiempo he estado en mi pueblo, en casa con mi madre, donde crecí. Y he sido totalmente dependiente de mi hermana. Y de su coche. He pasado con ella más tiempo seguido que en muchos años. Te puedo contar que no ha sido fácil. A veces cuando estoy con mi ella siento que vuelvo a ser una niña en mi comportamiento. No exagero al decir que el trabajo interno hecho en estas semanas respecto a este tema ha sido mucho más intenso que el ejercicio físico de rehabilitación de mi pierna. Y curiosamente, el día más complicado, cuando tuve que tomar la difícil y drástica solución sobre entrar al quirófano o no, la persona que estuvo conmigo fue ella. Todo el trabajo interno ha dado frutos. Nuestra relación ha cambiado en estos días y que refleja mucho más el amor que sentimos la una por la otra. Mmmm... cosechando.

Las enseñanzas del yoga dicen que al ego, la parte de nosotros que es responsable del sentimiento de individualidad y de separación y desde el que vivimos nuestra vida del día a día con nuestros planes y nuestras agendas, no le gusta el cambio. Dicen también que, el Ser disfruta, crece, florece con el cambio.  Este es el camino del alma, duro a veces. El yoga promete que los frutos son siempre dulces.

También quería tener más tiempo para escribir y lo estoy teniendo. Tengo curiosidad sobre como se resolverá otra de mis intenciones para este año con esta rotura de isquiotibiales: perfeccionar mi Uttanasana (flexión hacia adelante de pie). Tengo hasta el 31 de Diciembre. Prometo foto.