Dicen que la vida es lo que pasa mientras haces planes. Y normalmente, no tiene en cuenta tu agenda. Hace un mes tuve un accidente haciendo esquí acuático que cambió, como poco, el rumbo de mi verano, transformándolo en un viaje dentro de un territorio desconocido para mí. Una rotura muy severa de los isquiotibiales y su tendón que me ha tenido en reposo durante varias semanas (moviéndome un poquito con muletas). Aunque he tenido otras lesiones antes, nunca había experimentado algo así. Una invitación no muy amable a parar, contemplar e ir hacia adentro. Una vez superado el shock inicial quiero ir compartiendo con vosotros este viaje que está siendo mi asana más avanzada.

En estas semanas he pasado por toda la paleta de sensaciones, pensamientos, emociones. En Tantra se llaman rasas (sabores de la existencia). El shock. El dolor físico (he tenido mucha suerte de que el dolor más intenso solo ha durado unos pocos días, aunque ahora vuelve a días con la rehabilitación). La inmovilidad. La frustración. El descanso profundo. La rabia. El cambio de planes. Tiempo con la familia. El amor. La tristeza y sus lágrimas sanadoras. La risa. La reorganización de los cursos. Sentirme cuidada. Sentirme dependiente. Estar lejos del mar y de mi casa. La tensión. El cansancio. Difíciles decisiones que tomar. Gratitud. La confusión. El miedo. El miedo. El miedo.

Llega un momento en el que el cuerpo físico se rinde. La mente tarda más. Y cuanto más inmóvil tu cuerpo, mayor es la aceleración de la mente. Lo más difícil, en los primeros días, fue la lidia continua con los pensamientos veloces. Pensamientos que se reproducen como el demonio Raktabija bajo la hoz de la diosa Kali. (Este mito cuenta como cada gota de sangre de Raktabija, al tocar la tierra, se convertía en un clón. Bija significa semilla. Kali saca la lengua para beber todas las gotas de sangre, parar su multiplicación y poder aniquilarle).  Y con las emociones, que aparecen como olas gigantes que te arrastran. Asimilar los pensamientos y aprender a surfear las emociones. Todo un trabajo de plena tapasya. Y en algún momento, como único antídoto al sufrimiento llega la rendición. Y la paz de la entrega. Y el océano interior se calma.

No lo voy a negar. Las olas vuelven. A veces gigantes. La pulsación es intensa: por un lado la sensación de frustración, de agobio por todo lo que ahora no puedo hacer, por no tener el control. Frente a eso, un sentimiento interno, como de un niño que se frota las manos pensando "mmm... aquí hay aprendizaje y oportunidad de crecimiento". Por un lado el apego a los recuerdos pasados y la ansiedad y el miedo por el futuro. Por otro lado, el disfrute de muchos momentos únicos con su propia magia.

Me refugio en el interior. Ese es el regalo del yoga. Hay un lugar, que como el ojo del huracán, es pura calma.  Un lugar, en medio de una aureola de llamas, en el que en cada momento ocurre la Ananda Tandava, la danza de la dicha de Shiva Nataraja.  Y ahí, como él, intento mantener la sonrisa apacible y la mirada tranquila, Sambhavi mudra, observando todo y enfocada hacia dentro. Es mucho más fácil para mí hacer eso en Natarajasana y, por eso, ésta es, ahora mismo, mi asana más avanzada. Y aunque de vez en cuando se me sigue escapando alguna lágrima, mi compromiso con la felicidad y la paz es firme.

El dolor de la transformación es real - física y psíquicamente - pero sólo la intensidad del fuego puede unir el cuerpo y el ama. Este es el proceso del alma... El cuerpo es la arena que produce la perla" ~ Marion Woodman