25 marzo 2020 – DIA 12 del encierro 

En un acto de rebeldía me miré al espejo y, como escapándome de esta jaula invisible en la que llevo ya doce días, me pinté los labios de rojo. 

Hace quizá veinticinco años que no tenía en mi bolsita de maquillaje una barra de labios de ese color. Si, desde la época en la que renegaba de mi moreno en el verano y en el intento de parecer una geisha/punk/qué-se-yo, me aplicaba una crema carísima de color verde claro que, bajo el maquillaje, varios tonos más claros que mi piel, anulaba cualquier tono rosado de mis mejillas. En esa época, en la que el planeta Plutón se paseaba de la mano con mi Sol, un ente gótico y siniestro se apoderó de mí y sólo me permitía vestir de negro y presentarme de formas que ahora pienso muy poco favorecedoras. 

Un pintalabios rojo fue una de las últimas cosas que compré antes de la cuarentena. Llevaba tiempo deseando uno, y varias veces entré en las tiendas, saliendo con las manos vacías por la pereza de probar entre la infinidad de rojos de labios. Me cuesta mucho elegir cuando hay tantas opciones. Me bloqueo. Pero ese día de nerviosismo, el día en el que se terminó el papel higiénico en todo Madrid, bajé a comprar pañuelos de papel y, como ya no estaba permitido probar las barras de labios por el posible contagio, le pedí a la dependienta del Clarel que eligiera uno por mí. 

No me acordé nunca más de la barra de labios. Hasta hoy. Tocaba ir al supermercado y a la farmacia. Cansada de la imagen irreconocible de mí misma que me ofrece estos días el espejo, me vestí de negro y gris, como la energía de las últimas noticias y, deleitándome en el momento que conscientemente alargué como deteniendo el tiempo, el espejo se iluminó con mis labios color sangre, color vida. 

En mi imaginación estaban los transeúntes con los que me cruzaría que agradecían con sus miradas la alegría de mis labios. Mi granito de arena en un mundo incierto y triste. 

El pueblo estaba desierto. Ni siquiera mi adorado Murakami se hubiera imaginado la posibilidad de un mundo entero en pausa, con todos sus habitantes aislados. En la calle saqué del bolsillo la mascarilla que horas antes había cosido mi madre, sentada junto a la ventana.  Mascarilla. Paredes. Fronteras. Jaulas dentro de jaulas, como matrioshkas rusas.  

Me miro al espejo. Me veo diferente. Mañana voy a hacerme ondas en el pelo. Ondas de libertad que me recuerden al mar. 

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